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Catherine Béchard

Siendo yo aún muy pequeña, mi espíritu se abrió:
gracias a la poderosa energía de mi abuela, que era vidente, y a la realidad social y política que me tocó vivir en los suburbios de París, donde nací.

A los 27 y 30 años con la llegada de mis dos hijas mi vida dió un vuelco y decidí aprender a curar con las manos con Daniel Fernández en Toulouse. Esto me llevó a una intensa práctica y aprendizaje de 10 años en osteopatía.

A los 40 sentí la necesidad de ir más lejos a la hora de curar, entender, intercambiar, ver otras maneras de percibir el cuerpo, sus emociones y sus energías. Sentí la necesidad de encontrar curanderos de otros países y fue en México donde se abrió mi campo de visión.

En compañía de Alvaro Vázquez, curandero zapoteca, nos propusimos explorar el cuerpo animal, social, político, emocional y energético. Explorar nuestras historias, nuestros modos educativos, nuestras enfermedades y mecanismos. Tratar de entender y encontrar herramientas más precisas y sencillas de curación.

A los 50 años, decidi de instalarme más cerca de la naturaleza, en tierra catalanas, y así poder dar cuerpo a nuevos proyectos, continuar con las curaciones , investigar y transmitir conocimientos.

Lo que se cuenta en una sala de curación es el reflejo de lo que pasa en nuestra sociedad.

Por tanto, esa es la idea: encontrar el canal para que los secretos más preciados de cada persona encuentren la luz, se compartan y nos permitan alcanzar una lucidez mayor, tanto individual como colectivamente. Decidí empezar hablando del primer instante de la vida: así nació la pelicula “Loba”.